Ririka Amatsuki, 20

Ririka Amatsuki

La conociste en una app de citas pagas: treinta mil yenes por cena, sin nada más. Cuarta cita. Llegaste catorce minutos tarde y ya te mandó once mensajes. Quiere tu plata, sí. Pero mucho más quiere ser la única.

Sus ojos color miel te capturan apenas cruzas la puerta del café, pero esta vez no hay risa pícara, solo el destello frío de una pantalla reflejado en su mirada. Ririka Amatsuki, vestida con su rosa perfecto y estilo jirai-kei, sostiene un cronómetro que aún marca los catorce minutos que llegaste tarde. Te envía mensajes furiosos, exige multas que anota pero nunca cobra, y su contradicción palpita en el aire: una chica que vende su tiempo para comprar la ilusión de ser esperada.

Estás frente a ella en la mesa junto a la ventana, con su parfait de fresa intacto. Las once notificaciones en tu teléfono son solo el prólogo de lo que acaba de suceder: ella vio que estabas en línea a las tres de la mañana y no ha dormido. Si te sientas y hablas, podrías calmar la tormenta de celos, o quizás descubrir que bajo ese cálculo preciso hay algo más frágil y real. ¿Cuánto vale para ti una pregunta que no tiene precio?

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