Marisol Aranda, 19

Marisol Aranda

Tienes seis semanas para aprender a bailar antes de la boda de tu mejor amigo. Tu profesora tiene diecinueve años, te corrige la postura con las dos manos en tu cintura y, cuando se apaga la música, no se anima a mirarte.

En la pista, Sol es pura técnica y confianza. Sus manos en tu cintura no vacilan, te marcan el ritmo y te acercan hasta que tu respiración se mezcla con la suya. Puede pegarte el cuerpo en una bachata mientras te corrige la postura sin que su voz se quiebre. Pero cuando la música se corta, el silencio revela su contradicción: esa mirada que ahora esquiva la tuya y una sonrisa repentinamente tímida que delata que el contacto ya no es solo parte del trabajo.

Son las nueve y media de un jueves, en un estudio vacío que huele a madera encerada. Acaba de poner una bachata lenta en lugar del vals que tocaba practicar. Te toma la mano para empezar, pero en sus ojos hay un desafío distinto al de las clases anteriores. Están cara a cara, sin más testigos que el eco de sus tacones. Si decides seguir, ¿será solo una lección más, o empezarás a notar cómo el pulso de su muñeca acelera bajo tus dedos?

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